lunes, 25 de agosto de 2014

Rojo Aceituna. De viaje con Ronaldo Menéndez

Este es básicamente un libro de viajes. El escritor cubano emprendió hace un par de años tras un viaje a China el proyecto de visitar con su novia, aquellos países donde el comunismo está o estuvo presente en las últimas décadas. Así comienza por su natal Cuba y pasa por Sudamérica (donde en muchos países la izquierda está afiancada en el poder). En realidad el proyecto es un poco chapucero. No tanto porque se mencione Venezuela a través de una tercera persona saltándose ese país, sino porque tampoco se visita Corea, ni lo que pudo quedar de la antigua URRS, pero sobre todo es que el asunto del comunismo es, y me parece completamente lícito, una excusa para que Ronaldo nos narre sus vivencias sobre su periplo por diferentes latitudes sudamericanas y asiáticas. Eso sí, de fondo, como una música que vuelve aparecen reflexiones sobre los abusos y crímenes, de algunos de los regímenes comunistas, así como la impresión, algo superficial y pobre, de que la solidaridad está presente en muchos países donde precisamente la ideología no está tan marcada hacia la izquierda como en Chile o Brasil.

Y tampoco el libro pretende ser un catálogo exhaustivo del viajero que intenta aprehender ese lugar que se está visitando y que lleva a veces a moverse incansablemente, en busca de la veta que nos muestre, la idiosincrasia de ese lugar. A veces hay atisbos de ello, como en el viaje por las minas de Bolivia, ese descenso a los infiernos que tuve la suerte o la mala suerte de vivenciar yo también en primera persona. Pero Ronaldo se limita a dejar, y en parte no puede ser de otra manera cuando se visitan tantos países en tan poco espacio de tiempo, un simple apunte, una anécdota que sirva para ilustrar brevemente, fugaz pero intensamente el país que se ha visitado.

Más que en lo político, el viaje resulta interesante en lo vivencial, sin adentrarse en cotidianidades ni utilizar un tono demasiado confesional, Ronaldo nos muestra las anécdotas del camino, las borracheras, los amigos, los incidentes, los momentos de crisis. Porque el libro va digámoslo de una vez por todas de Ronaldo. De su forma de entender el viaje y de su forma de entender la literatura. Hay una contención en lo que se está contando, como bien dice, todo viajero tiende a pensar que lo que le está ocurriendo es muy especial, hasta que descubre que es lo mismo que le está pasando al resto de turistas. Tiene mucho cuidado el autor en elegir bien donde meter la tijera y aunque el resultado a veces de muestra de estar muy tijereteado peor hubiera sido un desbarre emocional que diera rienda suelta a lo "cotidiano", a lo personal. El tono en general es cínico, y he de decir que me ha resultado un poco molesto, no que lo hiciera por supuesto, sino que lo contara tan repetidamente, tanta farra noctura, tanto hincapie en las cervezas, puesto que el viaje creo, estaba en otra parte, y como lector me hubiera gustado con todo esa frivolidad y escape contrasta bien con las miserias que aparecen, lugar de tortura incluido en el sudeste asiático. 

Lo mejor del libro es el humor, un humor alegre nada hiriente, una visión alegre de la vida, lúdica. Es en esas ocasiones donde el libro se hace libro, y también en las acertadísimas reflexiones sobre el viaje del mochilero, sobre los abusos y el borreguismo del negocio turístico pero también de la autocrítica del viajero alternativo, especialmente divertida me pareció, y el buen uso que hace al utilizarlo recurrentemente, su reflexión sobre el concepto de "auténtico". Es en esa autocrítica, en ese reírse de uno mismo donde en mi opinión se encuentra lo más valioso del libro. El lector encontrará en cualquier caso en su conjunto, un libro entretenido, terriblemente agradable, no tanto como una reflexión política, ni por ser un libro de viajes al uso, sino como un divertimento, especialmente para viajeros pero también para los no tanto.

viernes, 22 de agosto de 2014

Ana Karenina

Como siempre, esta es mi opinión, aunque todavía no sé qué diablos soy yo. Esto quizá no sea ortodoxo, ni siquiera inteligente, pero es lo que me sale ahora, en este rato, tras cuarenta días de amor y odio con Ana Karenina, uno de los "tengo que leerla más presente de los últimos dieciocho años". 
Me costó entrar. mucha huerta y agricultura. Pero me gustó Levin, un tipo gris algo avinagradillo que me recordaba bastante a mí, la cosa es que a Levin le dejá plantado su querida enamorada de un galán llamado Vronski. Pero Vronski de quién se enamora es de una mujer casada, Ana. Hasta aquí el culebrón, ciento cincuenta páginas. En medio y después, mucha huerta, mucha reflexión sobre los problemas sociopolíticos de la Rusia del siglo XIX que no importan ya a nadie y también de costumbrismo de la alta clase social rusa que me resultó bastante apetitoso. Es Tolstoi, y por eso mola, supongo. O porque el tengo que es demasiado poderoso. He escuchado a mis dos grandes maestros literarios hablar de Tolstoi bien día sí día también. Días antes casi me saco la plaza gracias a la novela realista. Hay que seguir, y sigo a trancas y barrancas, pero también porque me muevo mucho durante el verano y pareciera que al tocho de lumen, de nuevo maravillosa edición le cuesta seguirme de vacaciones. Me gusta Levin, y también me gusta Vronski, y Ana. Los personajes de Tolstoi están tan bien dibujados que pierden su esencia y se convierten en seres de nuestro mundo. No hay demasiado misterio, no estoy 100 por cien seguro pero me huelo el final, ésta era la que moría en un tren, ¿no? se lo he leído a algún cabróncete que me la ha destripado, quedan seiscientas cincuenta páginas y ya me cuesta hasta recordar de que hablaba el libro entonces, pero sigo leyendo, Ana ya es una adúltera y está a punto de morirse pero no, los personajes dan giros psicológicos poco creíbles, en eso me resulta más convincente Dostoievski, del que habrá que decir algo porque Steiner dedicó quinientas páginas de un libro a compararlos así que si se habla de Karenina habrá que sacar al otro ruso a colación. Vale, Dostoievski con personajes más caricaturescos pero con mucho mayor dominio de las transformaciones psicológicas. No me resulta convincente ni la conversión de Aleksei Aleksandrovich (marido de Ana), ni el cambio de rumbo de los protagonistas en las últimas cien páginas. Pero antes, vamos a poner las cosas claras. Rolletes aparte, el libro está lleno de elegancia, Dostoievski está lleno de artificio literario (delicioso), pero Tolstoi es capaz de trascender la cotidianidad de la vida a través de un enfoque que nunca resulta forzado, sólo cambia el punto de vista ligeramente para presentarnos ciertas estampas y así construir un conjunto solido, cristalino, falsamente sencillo. Tolstoi se convierte en un Dios de verdad, tal y como necesita el narrador omnisciente en tercera persona de la novela realista, y quizá no es transgresor ni anticipa tanto otras cosas que luego ocurriran en la literatura, pero lo que lo hace lo hace perfecto, como un Dios ya digo. 
Hablemos de momentos: la escena de la muerte del hermano de Levin, el parto de su mujer, las discusiones de Ana con el conde, toda la secuencia que antecede a su suicidio, y que es un monólogo interior tan tan acertado, tan capaz de reproducir la neurosis y la desesperación, la estupidez, y la esperanza, todo unido en ese discurso tan desgarrador. Pero es que también escenas menos "trascendentes", todo el episodio de caza de Levin con su cuñado y ese jovencito que le hizo la corte a su Kitty, está lleno de una tensión y una hermosura en un momento en el que realmente no parece estar pasando nada pero que acaso resume buena parte de la idelogía de la obra, la integridad frente al deseo, la honestidad y la búsqueda del bien, frente a la vanidad y la apariencia. Todo eso que luego Tolstoi trató de llevar a la práctica en sus años espirituales. 
Una cosa más en éste por llamarlo de alguna forma, análisis, Gran parte de la literatura del siglo XX, llamese Gatsby, Cheever, Carver, Updike, han tratado de plasmar el desmoronamiento del sueño burgués frente a las dificultades de la vida. Todos, acaso sin saberlo, andan parodiando a Tolstoi.

lunes, 18 de agosto de 2014

Verano

Aunque ya lo vengo experimentando en los últimos, este verano, con los niños un poco menos bebés y mucho kilómetro, estoy teniendo realmente sensación de eso que los ingleses llaman break y nosotros falsamente descanso y que ahora llamamos ya desconectar. 
Sí, estoy desconectando de lo que he hecho durante el invierno, de lo laboral por supuesto, pero también de mi forma de vida durante el curso, de estar conectado a internet por ejemplo, de la obsesión por la lectura, de no preocuparme por escribir o no, de los horarios, de ver películas por la noche, estoy haciendo otras cosas y lo mejor es que estoy consiguiendo aceptar que no pasa absolutamente nada por dejar de hacer algunas de las cosas que tanto me gusta hacer por una temporada. Me estoy moviendo a través del tiempo. 
Medito, hago yoga, me ocupo de los niños, leo un rato, apenas tomo té, me baño en la playa, paseo en bici con mi hijo, vuelvo a meditar, aprendo un poco de inglés, hago excursiones, voy restando otro destino de la larga lista de destinos de este verano, charlo con un amigo, escribo algún what's up. Todo está bien, todo tiene su valor, como si las fronteras entre lo elevado y lo superficial se hubieran relajado un poco, como si diera igual que hubiera algo detrás de esto. Simplemente ahora estoy en esto. Leo a un jovén maestro advaita. Realizo un baile como si me hubiera tragado un bicho volador que se mueve por dentro de mi cuerpo con el objetivo de hacer reir a mis pequeños.
He llegado a un destino que me permite contactar con un ordenador y escribo esta entrada que acaso no tiene mucha profundidad, pero no me importa porque lo ligero es hermoso, estar tumbado en la playa sin hacer nada (que no es mi caso por exigencias del guión) es tan importante como meditar profundamente, escribir un libro, perfeccionarse en el trabajo. Los límites se difuminan, todo cobra su importancia, las grandes verdades se relativizan, las creencias se difuminan en la brisa nocturna de la playa. Paso la tarde con un amigo, tomo una cerveza con limón y una fritura malagueña y no hay nada tan arrebatador, mi hijo me abraza y me besa y no hay nada más importante, leo Ana Karenina y disfruto enormemente, ese arte está lleno de cotidianidades, de escenas de caza, de neurosis y contradicciones. 
En el muro de mi facebook se suceden reflexiones, estados de ánimo, todo alegre, fácil, falsamente intrascendente. Nada es lo que parecía, todo funciona, desde el anverso y el reverso, la cara y la cruz, como esas chaquetas que son reversibles, esto está muy bien pero lo otro también está muy bien.
Deja de hacerte preguntas, dice Jeff Foster, pero la mente es incapaz de aceptar esa orden. Siento un gran placer repitiendo la palabra publé tal y como la dice mi hija y también me gusta decir mucho patalenis que es una especie de mantra que utiliza mi hijo cuando la excitación se apoderá de él. 
Toda mi vida he sido muy serio.

martes, 5 de agosto de 2014

El ladrón de morfina - Cuenca Sandoval

Esta, digámoslo ya, es una excelente novela bélica, una excelente novela sin distinción de género. Pareciera que el posmoderno juego de autoría que recorre el libro fuera literal porque realmente pareciera obra de un autor americano y no español. En España, con una guerra tan espantosa como la civil, nunca hemos cultivado el subgénero bélico, en realidad ningún subgénero con demasiada eficacia. ¿existía antes de ésta alguna novela decente bélica? Pero es que además y a riesgo de ser considerado apátrida esta novela es tan buena que no pareciera española. Sí, hay buenos autores en nuestro país, pero grandes grandes se cuentan con los dedos de una mano, y aquí estamos ante algo grande. Mario Cuenca Sandoval, integrante de segunda fila de la llamada generación nocilla (lo de segunda tiene que ver con la aparente fama)presentó, esta, su segunda novela hace cuatro años, un delirio hermosísimo lleno de bellas y terribles imágenes en torno a la figura de un soldado, mitad ángel mitad humano inmerso en la barbarie de la guerra de Corea. Una guerra que por supuesto podría ser cualquier guerra. Novela lírica, por momentos pareciera un largo poema en prosa donde la acción que es reducida se ve salpicada por hermosísimas imágenes que se abren con la del paracaidista descendienco a los infiernos selváticos con su biblia personal, los cuentos completos de Poe. Hay otros homenajes literarios además de éste, desde Conrad a García Márquez, pues su Wilson Reyes pareciera salido de una de las aldeas del realismo mágico. Pero por encima de los guiños, de los juegos, está la personalísima voz del autor, una voz poderosa y sobre todo derrochadora de belleza. Mientras la mayoría de autores son capaces de escribir cuentos, incluso novelas, en torno a una imagen, a una reflexión, en la prosa de Sandoval, las imágenes se empujan y se regalan al lector de un modo tan generoso y rico que por momentos no podemos sino sentirnos deslumbrados ante el gozo extático de una literatura tan rica. A pesar de todas las cosas tan terribles que se cuentan, como no puede ser de otro modo en una obra del género, la voz poética siempre se encuentra en las alturas, como uno de esos ángeles de Rilke y nunca se entrega al gusto por lo burdo ni por lo grotesco como hace en ocasiones la mala literatura, el mal arte, con tal de alarmar, de impresionar, de magníficar el horror tratando de conseguir la relevancia a través de la exageración o del feísmo. En Cuenca las cosas son fascinantes, simplemente, aunque sean terribles no se pierde ese halo de misterio o de mirada virgen. Esperaba cosas buenas de este libro y de este autor por la fuente de la recomendación, pero mis expectativas se han visto superadas. Pronto escribiré otras entradas sobre este interesante autor, porque éste es el comienzo de una nueva amistad.

viernes, 20 de junio de 2014

¿Era el cine el séptimo arte?

Tras un intenso período personal y profesional, vuelvo con una pequeña entrada en la que expongo algo que cada vez pienso más y más. ¿Es Casablanca, supuestamente una obra maestra, una película a la altura de Guerra y paz, Rayuela, En busca del tiempo perdido o las sinfonías de Beethoven? ¿Se puede comparar centauros del desierto con la sagrada familia, la piedad de Miguel Ángel o la égloga primera de Garcilaso? ¿Está Psicosis al nivel de los techos del vaticano, la obra de Keats o los conciertos de Brandenburgo? ¿Es el cine un arte al nivel del resto de las grandes artes? La música, la arquitectura, la escultura, la pintura, la literatura? (me cuesta incluír supongo que por prejuicios, la danza)Y si lo es, también lo podrían ser los comic, la fotografía o el origami. Me niego a añadir al ingenio publicitario. Pero vamos a imaginar, que sí, que incluso la publicidad pueda ser un arte. Todo esto ya está muy hablado, y está superado, el deconstructivismo crítico, Madonna bailando en la misma división que Rilke, el valor de lo moderno. No quiero contestar a esas preguntas, no tajantemente, simplemente diré que al igual que en la antiguedad hay artes mayores y menores y que el ingenio del que se nutre el arte moderno, es ingenio y no esplendor. Volvamos al cine, ¿es el cine un arte mayor? mi respuesta es No. Y eso que adoro el cine, me gusta esa síntesis de fotografía, música, literatura e interpretación, amo el cine pero hasta hace poco no me había dado cuenta de que era un arte menor. Hace unos años hubiera dicho que sí, que el cine es arte mayor, como no con películas como el viaje de chihiro, Magnolia, American Beauty... Ahora respondo que no, porque han aparecido las series, unas series maravillosas, capaces de recrear mundos complejos y personajes fascinantes de un modo que el largometraje no había sido capaz. Y han sido capaces además de devolver al cine a su sitio real: un escalón por debajo, eso que antes nos parecían los cortos cuando los comparábamos con las películas, ingenios hermosos, entretenimientos, espectáculos fugaces. Sé que hay gran cine de autor, y hermosísimas películas, pero, tanto en literatura como en música (en mi opinión con la arquitectura las grandes artes), los generos más prestigiosos desde hace ya unas centurias son la ópera o la sinfonía y la novela, la gran novela o como se llama desde el escaparate de las contraportadas la novela total. Ese género que inventa Cervantes y que tras sus titubeos dieciochescos se consolida ya en el XIX como el gran arte literario. Ese género que aspira a crear un universo propio (como lo hace una sinfonía o una catedral gótica) donde a su vez caben otras artes donde a su vez caben otras artes...Eso, lo están consiguiendo las series, y cada vez más. Dudo que este año haya una película, por muchos oscar que gane o mucho que deslumbre que tenga más repercusión que True detective o lo que ha hecho Game of Thrones en su cuarta temporada. En este último caso, a la esencia de espectáculo total del cine holywoodiense, el asalto al muro, el ataque con los esqueletos, se une un guión con momentos realmente emocionantes (ese momento de Tyrion en el juicio o ese monólogo sobre el primo idiota que machacaba escarabajos y que Shakespeare hubiera firmado sin problemas). Me alegró leer que García Galiano, profesor y mentor hablaba de The Wire como una obra maestra sin paliativos de nuestro tiempo. Lo es. Comparar Casablanca o algunos otros clásicos del cine con una serie de esa envergadura es un sacrilegio. En este caso cualquier tiempo pasado fue peor, y es normal, porque el cine no era más que el germen, el comienzo de algo que se podía materializar en lo que ahora lo está haciendo. Todavía el cine mueve mucho más dinero en algunas producciones que las series, pero a medida que esa diferencia se ha ido acortando se están produciendo estos resultados y vaticino que con el tiempo, todavía llegarán más joyas que añadir a Breaking bad, six feet under, Lost, The wire, Game of thrones y tantas otras. También habrá decepciones claro, ideas que se alargan tratando de hacer caja, como el caso de Homeland, pero eso tiene una importancia secundaria. Viva el cine, claro. Pero si el cine era una fábrica de sueños, las series no se conforman con menos que mundos, mundos claro, llenos de sueños que a su vez contienen otros mundos.

lunes, 26 de mayo de 2014

De fútbol, política y esas cosas....

Uno de esos lunes en los que no hace falta hablar del tiempo, y eso que ha vuelto un poquito el calor. Pero hubo fútbol, el sábado, gran partido, se supone, y ayer se votó y alguna sorpresa. Da para hablar, un rato, sin mojarse demasiado quizá, pero un rato, en este país hablar se habla muchísimo, nos gusta. Está bien. Me apetecía ver un buen partido de fútbol el sábado. Y bueno, en la primera parte apenas si hubo una ocasión y el gol, un gol raro, que yo creo que nadie gritó mucho porque parecía fuera de juego, o un ensayo, pero no, era gol. El atletí corría mucho y daba patadas. El Madrid corría menos. De partido del siglo nada, un poco rollo, pero estaba la emoción. Me olvidé que nuestra televisión que tanto engalanó el partido con nostalgia de futbolín, nos ha privado de ver partidos históricos de tenis, o recientemente la final de la copa de europa de baloncesto. O sea que te echan lo que quieren y aquí si no te gusta el fútbol pues haces como que sí. Comienza la segunda parte y entonces me doy cuenta de que mi pasado como aficionado madridista tira un poco de mí, fui a muchos partidos al Bernabeu cuando era un jovencito y ese poso está ahí, tirando de la manga, y venga que marque el Madrid. Y entonces comenzaron las ocas.iones. El atlético se metió en su area y se puso a mirar el reloj que no corría, y el Madrid falló unas cuantas, algunas claras y rezó por tener una más de esas. Se me pasó por la cabeza en el minuto 90 que el Atlético era capaz de liarla, el pupas, en el 92 alguién comenzó a tirar cohetes en mi barrio, y yo pensé cuidado que el Madrid achucha. Y marcó: Ramos, el jugador de campo del Madrid que más parecía anhelar el trofeo, (el otro posiblemente fuera Xabi que no podía jugar)y me puso contento el gol, porque también me apetecía seguir viendo fútbol, pero ya en la prorroga seguía dividido porque quería que el Atleti, un equipo mucho más modesto de presupuesto se viera recompensado, porque quiero mucho a ciertas personas que son del Atleti y es un club que merece tener una copa de Europa y era una oportunidad única. Pero no, estaban muertos y la prorroga sirvió para hacer sangría de un equipo extenuado, ante el cansancio la calidad prevalece. Y la calidad se compra con millones de euros, muchos. Y luego ayer votamos, no sabía muy bien a quien votar y comprobé asombrado que mucha gente que voto cuando yo, buscaba entre los montones partidos diferentes, siempre que voy a votar miro con curiosidad a ver si los dos montones del comienzo de la fila de papeletas son ignorados en beneficio de los otros, raros, desconocidos muchos, y salvo ayer nunca había visto el efecto que luego se materializó en las urnas. Me alegra que partidos embriagados de su poder y que no se molestan en echar a sus funcionarios corruptos y mentirosos sean tirados de las orejas, que personas nuevas entren en política, es lo que debería ser sin necesidad de crisis, pero el ser humano le tiene un gran miedo al cambio, especialmente pocos años después de que pueda votar. Voté en el cole de mi hijo, en su aula contigüa, en las mesas que se apoyan las urnas, él está aprendiendo a dibujar unos y doses, y en un rinconcito para que no molesten habían apilado los juguetes con los que juega con sus compañeros cada día.

jueves, 22 de mayo de 2014

Historia abreviada de la literatura portatil

Voy a tratar de escribir esta entrada sin utilizar el apelativo, ya tan manoseado, "pequeña joya".
Esta novelita de 120 páginas juega con una historia de la literatura inventada, una sociedad que agrupaba a un montón de artistas, muchos de ellos malditos, o al menos raritos, reales casi todos, alguno inventado. Requisitos: Estar un poco loco, abogar por la literatura liviana o portatil, la soltería. El mundo de entreguerras fue tan rico en figuras y personalidades artísticas que pareciera que una conjunción astral hubiera intervenido. ¿Una conjura?


Quizá esa sea la idea base de la que parte la novela para luego ser regada con la prodigiosa imaginación del autor, una imaginación que se dispara pero que al mismo tiempo se contiene lo suficiente como para presentar una historia verosímil, que nos hace por momentos dudar si lo que estamos leyendo es una ficción parcial, si las obras mencionadas al menos serán reales,  o si casi todo, como es el caso es producto del ingenio del autor. No basta con tener una buena idea y tener buena imaginación, además hace falta tener talento con la prosa y con la narración, y Vila Matas posee ambos, el estilo es exquisito, las frases tienen una capacidad sintetizante prodigiosa, y que recuerdan la prosa de Borges, que no es tanto por  su estilo una referencia para la obra, que también, como por su capacidad para inventar obras ficticias acontecimientos irreales que bien pudieran serlo.
El uso de la condensación, el uso de la elipsis, el detalle englobador, la riqueza expresiva enemistada de florituras innecesarias son sólo algunas de las virtudes de esta excelente obra que debería figurar ya como clásico de nuestras letras. Es una muestra canónica de la historia de la literatura que ella misma inventa.